OCAS VECES fue
tan elocuente el rostro de un futbolista, delator de su indisimulable
declinar y, por extensión, del precario estado de su
equipo. Ver la cara de sufrimiento de
Zidane
en los primeros compases del partido era dolorosamente clarividente.
Ni por un instante apareció la sombra del que, tiempo
atrás, fue el mejor centrocampista del mundo. Era la
expresión personificada de un equipo hundido y parapetado
aún en una sarta de mentiras e irrealidades. Aquellas
que, durante los últimos tres años, han mantenido
la ficción de un club que, más que de ensueño,
es ya una absoluta pesadilla.
Florentino Pérez
no mintió al acceder a la presidencia. Dijo que en
el Madrid jugarían los mejores del mundo, y lo cumplió.
Pero seguir con esa cantinela hoy día es, además
de una falsedad, un insulto a la inteligencia del aficionado
madridista. Salvo
Casillas, el resto de componentes
de la plantilla dista mucho de ser los mejores del mundo en
algo. Son meras sombras de lo que fueron con apariciones intermitentes
en el campo, dado que siempre se retiene algo de la pretérita
calidad.
El Barcelona ayer, y antes el Olympique de Lyon en Champions,
han hecho emerger las carencias ya sabidas por todos, pero
casi siempre disimuladas por la envolvente cortina de humo
habitual. El Madrid gana sufriendo lo indecible frente a
rivales inferiores, pasa rondas en la Copa de Europa, pero,
en cuanto un sólido equipo le planta cara, se deshace
como un azucarillo en una taza de té hirviendo, como
un muñeco de nieve en el Sáhara. Barcelona,
Chelsea, Juventus o Milan son rivales de un nivel inalcanzable
por el Madrid hoy día. Y, a no ser que se obre una
resurrección milagrosa, la posibilidad de otra temporada
en blanco parece ya tomar forma con un anticipo vergonzoso.
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| Este
Madrid de la mercadotecnia, protagonista
de películas autopromocionales y
amigo de giras-vende-camisetas por los confines
del mundo parece no haber despertado y seguir
aún en un pasado cegador de su mediocre
presente |
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Y lo más preocupante es que las mentiras se las
termine creyendo el propio mentiroso. Porque, si un enfermo
niega estarlo, nunca pondrá remedios para su mejoría.
La errónea política deportiva de estos años
es la consecuencia directa de la precaria situación
actual. Este Madrid de la mercadotecnia, protagonista de
películas autopromocionales y amigo de giras-vende-camisetas
por los confines del mundo parece no haber despertado y
seguir aún en un pasado cegador de su mediocre presente.
Roberto Carlos, Raúl,
Zidane o Ronaldo, por mucha pólvora
que éste aún tenga, son versiones diezmadas
de sí mismos. Entiendo que no debe ser fácil
para un deportista asumir el declive, el principio del fin.
Pero es así: fueron grandes, muy grandes, pero quizá
son ya incapaces de reverdecer viejos laureles.
La abultada estructura deportiva del Madrid parece diseñada
para eludir responsabilidades entre unos y otros. Arrigo
Sacchi vive en el Madrid una jubilación
dorada merced al generoso y estrafalario sueldo dispensado
por Florentino, el dadivoso. De su labor técnica
en el equipo apenas tenemos noticias. Sabemos que fue un
entrenador famoso cuando su Milan propinó algunos
baños al Real Madrid de la Quinta del Buitre. Pero
aún me pregunto cuál debe ser su gran currículum
como director técnico. No sé de talentos descubiertos
por él, de fichajes rentables firmados por él
o de éxitos suyos anteriores en este innecesario
puesto. De hecho, no es él, sino Butragueño,
quien cierra los fichajes designados por Florentino, auténtico
artífice, para bien y para mal, de la política
deportiva del Madrid. Butragueño, en su papel de
chico de los recados, se limita a recibir las tortas de
la prensa y a justificar la lamentable situación
del equipo. Porque, como es lógico, si ellos mismos
no defendieran su proyecto, por muy suicida que éste
pueda ser, deberían ser los primeros en marcharse.
Y en todo este engranaje, el entrenador es una pieza secundaria
y prescindible a las primeras de cambio, en cuanto las cosas
comienzan a ir sonrojantemente mal. Luxemburgo,
otro hombre de pasado glorioso en los banquillos brasileños,
ha acatado dócilmente su papel subalterno y ni tan
siquiera ha defendido con valentía su función
como alineador de los titulares. Dice tener carácter,
pero su comportamiento le delata. Si las intocables estrellas
no están lesionadas, juegan con él de manera
sistemática. Él asume la consigna de que los
vende-camisetas, los nombres, siempre salen de partida.
Ayer, contra el Barça, se volvió a demostrar.
Si Guti era la opción más
válida hasta ahora en el centro del campo, por qué
hacerle a Zidane arrastrarse por esa demarcación.
Por qué cambiar lo que hasta ahora medio funcionaba,
como un parche, obligando a Beckham a arropar
al francés en un sitio donde sólo estorba.
Si el inglés únicamente cuenta con una prodigiosa
diestra para centrar, por qué no usar ese recurso.
Tampoco quisiera recordar las continuas pifias obradas
en el pasado por el Madrid en los fichajes veraniegos. Son
tantas y de un calibre tan mayúsculo que casi sangra
rememorarlas ahora. Al margen de para abultar la herida,
no creo que sirva de mucho acordarse de lo que pudo ser
y no fue tras interponerse las torpezas de unos directivos
renuentes a asumir sus fallos. Urge la autocrítica
en el Madrid. Si ésta no se produce, el club corre
el riesgo de ser devorado por la vorágine de sus
machaconas mentiras.
PD.: De momento, y a tenor de crónicas
del derbi Madrid-Barça como ésta de la web
de Madrid, parece que el club sigue negando la realidad.
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