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SECCIÓN OFICIAL | CRÍTICA - DRABET (MANSLAUGHTER)
Mala conciencia


MATÍAS COBO @ Miércoles, 2 de noviembre de 2005

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Jesper Christensen (Carsten) y Beate Bille (Pil).

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Título: Drabet (Manslaughter)
Género: Drama
Dirección: Per Fly
Interpretación: Jesper Christensen (Carsten), Pernilla August (Nina), Beate Bille (Pil), Charlotte Fich (Lisbeth), Thomas Voss (Tobias), Michael Moritzen (Povl), Vivian Nielsen (Detective), Mads Michael Wille (Peter), Jan Meyer (Dingo), Jesper Hyldegaard (Capellán)
Guión: Kim Leona, Mogens Rukov, Dorte Høgh y Per Fly.
Montaje: Jay Rabinowitz
Fotografía: Harald Gunnar Paalgard
Música: Halfdan E
Vestuario: Louize Nissen
Diseño de producción: Søren Gam
Producción: Ib Tardini
País: Dinamarca (2005)
Duración: 103 minutos
Web: www.drabetfilmen.dk

A RADIOGRAFÍA de Per Fly a la sociedad danesa concluye con Drabet (Manslaughter), último filme de una trilogía que inició en el año 2000 con El banco (The Bench) y prosiguió con La herencia (Inheritance) en 2003. El primer largometraje fijaba su mirada sobre los indigentes, el segundo giraba en torno a la alta burguesía industrial, y en Drabet, los protagonistas pertenecen a la mayoritaria clase media del país. La herencia fue el trampolín internacional para su director tras ser reconocida con el Premio del Jurado al Mejor Guión en Donostia. En aquel trabajo, de sobria realización, Fly exhibió una gran capacidad para adentrarse en las profundidades psicológicas de unos personajes a los que suele llevar al límite. La asunción de difíciles responsabilidades al frente de la declinante empresa familiar, en contra de sus deseos personales, conducirá a su protagonista, Christoffer (Ulrich Thomsen), a la amarga soledad del ejecutivo implacable.

Fly afirmó en San Sebastián que, en Drabet, ha querido bucear sobre las consecuencias que acarrean las mentiras. Pero, como él mismo reconoció, el filme también cuenta el determinante impacto que tiene en nuestra vida el peso de la culpa tras haber cometido actos éticamente reprobables. Y en ella, Fly quiere dejar bastante claro que no existe fin alguno que pueda justificar la muerte de un ser humano.

En torno a estos tres pilares temáticos se desarrolla el argumento de una historia que, como decía, toma como telón de fondo a la clase media danesa. Carsten (Jesper Christensen) es un reputado profesor de instituto de 52 años. Lleva una apacible vida con su mujer, Nina (Pernilla August), y ambos tienen un hijo ya adulto, Tobías, que suele visitarles a casa junto con su novia. En su convencional vida, la parte más pasional proviene de Pil (Beate Bille), una antigua alumna con la que mantiene una relación amorosa. La chica es una joven activista de izquierdas que comulga con las teorías antiimperialistas de Carsten, convencido de que las grandes potencias occidentales impiden el desarrollo de los países pobres para preservar sus riquezas y liderazgo. Ella cree que no basta con la mera protesta y decide pasar a la acción como integrante de un grupo terrorista. Una noche participará en el robo a una fábrica de armamento, pero ella y sus otros dos compañeros serán descubiertos. En su huida, ella asesinará a un policía atropellándolo con una furgoneta.

Sin ser sublimes, esta película y la trilogía en general hacen una detallada disección de una sociedad siempre tenida por sensata y cívica, pero que, como cualquier otra, alberga también comportamientos violentos o amorales

A partir de aquí entran en juego los principales asuntos argumentales de la historia. La desconsolada viuda del policía, Lisbeth (Charlotte Fich), exige que la justicia caiga sobre el culpable. Pero, en el juicio a los tres terroristas, todos se niegan a desvelar la identidad del responsable y, en ausencia de éste, sólo serán condenados a tres meses de cárcel por el asalto a la fábrica. Antes del juicio, Pil sufrirá un auténtico calvario y, movida por la presión policial y sus propios remordimientos, llegará a plantearse la posibilidad de declarar. Carsten, único sostén de ella durante el presidio, le convencerá de lo contrario para no arruinar su vida y la que ambos viven conjuntamente. Cegado por su atracción a la joven, el reputado profesor no dudará al emprender una campaña en favor de la inocencia de Pil a pesar de que eso le conduzca a la ruptura de su matrimonio, que ahora ve como una farsa, y a ser expulsado del colegio en el que trabaja.

Pil aguantará hasta el final con la ayuda de Carsten, quien hará justificación pública del crimen aludiendo, cínicamente, a los miles de inocentes que a diario mueren por las armas vendidas a grandes potencias occidentales. Deciden marcharse a vivir juntos y retomar la normalidad anterior. Pero Lisbeth, hundida tras ver que el asesinato de su marido va a quedar impune, no deja de reclamar justicia. Ella supondrá para Pil y Carsten un continuo recordatorio del mal cometido y sepultado gracias al cómplice silencio del profesor.

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Charlotte Fich (Lisbeth).
Los remordimientos de Pil y Carsten impedirán la feliz convivencia entre ambos. Les será imposible seguir adelante y dejar atrás los hechos acaecidos como si de un mal sueño se tratasen. Finalmente se separarán y Carsten será entonces consciente de su complicidad en el asesinato de un hombre inocente y también de haber arruinado su vida al dejarse llevar por su pasional relación con Pil. Ella, con más años por delante, contará con más posibilidades de anestesiar los recuerdos, pero él quedará atrapado en la mala conciencia de alguien que mintió por egoísmo.

Esta última entrega de la trilogía de Fly, al igual que La herencia, tiene el mérito de exhibir convincentemente el muestrario de sentimientos de sus personajes. De entre todos ellos, Jesper Christensen, un habitual en los trabajos precedentes de Fly, sobresale por su interpretación del maestro Caster.

Sin ser sublimes, esta película y la trilogía en general hacen una detallada disección de una sociedad siempre tenida por sensata y cívica, pero que, como cualquier otra, alberga también comportamientos violentos o amorales.

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