por JOSÉ REPISO MOYANO*
Lo más importante
O MÁS importante no serán las políticas - a expensas de quienes las hacen-,
no, sino la sensibilidad de las generaciones que nos precedan. Por eso, es
lo que tomaré como prioritario en mis siguientes artículos; basta de
arreglar tejados, porque siempre hay que volver a empezar de nuevo en mucho,
desde abajo.
Todo el cuidado es poco
ODO EL cuido de un niño es poco
porque, lo que le falte,
le faltará a la vida
y a la fertilidad de sueños que nos desnuda.
Todo es poco: encender su sonrisa,
regalarle los tiernos amparos del recuerdo
nada más usando
el perfume de la verdad -limpia-
que enseñará por corona en cada mirada.
Se le dice que el amor es lo rotundo,
el valor-ángel que nos llama,
la vez ciega y también sabia
como río de latidos por fluir.
A un niño hay que conocerlo entre sus ansias,
en el nivel de su barro bajo las estrellas
para que comprenda qué corazones las fotografías no dicen,
quién fabrica la indiferencia
y en qué miedo se niega al puro deseo, sí,
el que a veces es contradictoriamente crucificado.
A un niño hay que poblarlo mientras se intente la inmensidad,
ante el credo del jazmín con sus lágrimas,
ante el brillo solo que se perdió en la noche
o ante los vagabundos ojos que son discriminados por la tierra.
Sin un niño nadie se imaginará nunca esperanza,
porque sobra patria sin él
y cada día se pudrirán los cantos de la bondad,
se invertirán los pasos
contra el ritmo lento del árbol y del fulgor.
Sin un niño, nada; la muerte.
Como un grito a su corazón pertenezco,
como un grito en su cumbre,
besando en su tamaño las invencibles palabras
para temblor simple, humanamente,
o para que el oasis del cielo alcance su habitada luz.
*José Repiso Moyano es escritor.
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