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POP
Miércoles, 3 de noviembre de 2004



por PEDRO GALIANO

Le dejaron solo. Atrapado en una intrincada maraña de drogas, envidias y presiones de todo tipo. Paralizado por una búsqueda de una perfección enfermiza, no encontró la salida del laberinto. Se rindió. 37 años después, buceando en lo más profundo de un pasado doloroso, Brian Wilson ha reunido el valor suficiente para reconstruir los restos del naufragio y enfrentarse a ‘Smile’, su gran obra inacabada, el disco que le enseñó el rostro de la locura mandándolo al olimpo de los genios malditos muy a su pesar. Ésta es la crónica de una catarsis personal, de una reconciliación con la historia y una humilde celebración de la publicación del considerado como uno de los mejores discos de pop de todos los tiempos.




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UANDO TUVE conocimiento de que Brian Wilson se encontraba trabajando en la versión definitiva de ‘Smile’ (Nonesuch, 2004), no pude evitar ser víctima de unos sentimientos ambivalentes. Por un lado sentía una gran alegría por las esperanzadoras noticias que hablaban de un Brian en paz consigo mismo, con el suficiente equilibrio como para afrontar tan titánica tarea. Por otro, temía que aquel proyecto inconcluso fuera cerrado en falso por culpa de imperativos comerciales aplazados durante tres décadas, a que el resultado final no estuviera a la altura de la leyenda y se desvirtuara el espíritu de una música llamada a ser, en palabras de su autor, “una sinfonía adolescente dedicada a Dios”.

Brian Wilson, como compositor, productor y cerebro del grupo, adquirió el estatus de genio mientras preparaba el golpe de efecto definitivo, el disco que eclipsaría al ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ de los Beatles
Un poco de historia
En septiembre de 1966 los Beach Boys se encaramaban a lo más alto de las listas de éxitos con ‘Good Vibrations’, un single que batió records de presupuesto y que, artísticamente, abría la puerta a un mundo inexplorado para la música pop con su belleza barroca y elaborada producción. Brian Wilson, como compositor, productor y cerebro del grupo, adquirió el estatus de genio mientras preparaba el golpe de efecto definitivo, el disco que eclipsaría al ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ de los Beatles y situaría a los chicos de la playa en la cresta de la ola. En una época en la que experimentación psicodélica y vanguardia musical eran compañeras inseperables, Brian, lleno de ambición e inocencia a partes iguales, pretendía cambiar el devenir de la música pop. Palabras mayores. La expectación era máxima, como demostraron las millonarias campañas de publicidad previas de Capitol Records y el revuelo que armaba cualquier declaración de nuestro protagonista. Sin embargo, pasaban los meses y Brian no conseguía dar forma definitiva a un disco revolucionario que iba a estructurarse como una sinfonía de varios movimientos, era incapaz de dotar de coherencia y unidad a colección de música cromática que tendría cualidades terapéuticas y hasta religiosas. El abuso con las sustancias químicas, con las que buscaba paliar su inseguridad ante las exigencias autoimpuestas, le alejaban cada vez más de la realidad; del resto del grupo, reacio al nuevo rumbo musical impuesto por su líder, incomprensible para sus obtusas mentes; de la prensa, cansada de sus excentricidades, y de la compañía de discos, harta de malgastar cheques en blanco sin ver resultados tangibles. Finalmente, se produjo el colapso definitivo y Brian abandonó el proyecto “antes de que me destruyera”. Como consecuencia de esta capitulación, cientos de horas de grabación y miles de portadas preparadas en los talleres acabarían acumulando polvo durante todos estos años mientras crecía la leyenda del disco no publicado más famoso de la historia.

Recomponiendo el puzzle
Fragmentado en posteriores elepés de los Beach Boys, huérfanos de talento con Brian convaleciente, la sombra de ‘Smile’ se puede rastrear en discos como ‘Smiley Smile’, versión mutilada del anterior, ‘20/20’ o ‘Surf’s Up’, así como en numerosos piratas y el cofre editado en 1993 que lleva por título ‘Good Vibrations: thirty years of the Beach Boys’. Sin embargo, cuando todo el mundo daba por definitivamente perdido el disco, Brian Wilson, a los 62 años, se ha hecho cargo personalmente de la revisión de montañas de cintas, regrabando las canciones originales y ensamblándolas para dotarlas de su originaria significación en el contexto de un disco conceptual.

Ayudado por el letrista Van Dyke Parks, mano derecha del mayor de los Wilson en los sesenta, y secundado por The Wondermints, una formación actual devota de las armonías vocales de los Beach Boys, nuestro hombre ha obrado el milagro.

Puede que Brian Wilson ya no cante como antes o que los Wondermints se limiten a emular, como alumnos aplicados, los juegos vocales de los Beach Boys, pero nada de esto resta refulgencia a un álbum tan emocionante, sublime, visionario, pletórico y rico en matices
De una belleza conmovedora y atemporal, la música de ‘Smile’ conserva intacta su magia y capacidad subyugante. Dividido en tres bloques o movimientos, el disco se abre con la angelical ‘Our Prayer’, tras la cual se van enlazando el resto de canciones: la ambiciosa saga americana de ‘Heroes and villains’, ‘Rool Plymouth Rock’ y su cautivador misticismo, la breve y campestre ‘Baynard’ y, sucediendo a la introductoria ‘Old master painter/you are my sunshine’, llega ‘Cabin essence’, donde bucolismo y dulzura se alternan con caos sonoro y experimentación lisérgica.

El segundo movimiento comienza con la delicada y armónicamente fantástica ‘Wonderful’ seguida de ‘Song for children’, ‘Child is father of the man’ y la impresionante ‘Surf’s up’, las tres ligadas melódicamente, por medio de un obsesivo estribillo cantado a coro, al modo de las variaciones de un mismo tema habituales en las obras de compositores clásicos o en la música incidental de muchas bandas sonoras.

La última parte del disco tiene su inicio en ‘I’m in great shape/I wanna de around/Workshop’, una sucinta trilogía que prepara el terreno a la divertida y banal ‘Vega-tables’. Después del divertimento de ‘On a holiday’ llega la agridulce ‘Wind Chimes’, con letra del propio Brian, y ‘Mr.O’Leary’s cow’, un instrumental que logra reproducir el caos de un incendio y al que su compositor, en pleno delirio químico, atribuyó en su momento poderes maléficos. Tras la tempestad, llega la calma con ‘In blue hawaii’, una simpática nadería que precede a la canción que cierra el álbum, la grandiosa ‘Good Vibrations’, poco más de cuatro minutos sobre los que se han escrito miles de páginas y el colofón perfecto a un álbum magistral.

Puede que Brian Wilson ya no cante como antes o que los Wondermints se limiten a emular, como alumnos aplicados, los juegos vocales de los Beach Boys, pero nada de esto resta refulgencia a un álbum tan emocionante, sublime, visionario, pletórico y rico en matices, que apenas podría describir con un mínimo de justicia ni en cien artículos como éste.

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