Lunes, 13 de septiembre de 2004

OPINIÓN
Recorte de prensa
¿Da igual Bush que Kerry?
por XAVIER BATALLA


Artículo publicado en el diario
LA VANGUARDIA, el domingo 12 de septiembre de 2004


Un peculiar sondeo ha tratado de definir a George W. Bush y John F. Kerry en términos de marcas comerciales. Para sus partidarios, Bush, según un estudio de WPP Group y Penn, Schoen & Berland Associates, es la cerveza Bud, y su rival, una botella de Heineken. Los republicanos ven a Bush como un automóvil Ford y a Kerry como un BMW. Los indecisos asocian al presidente con McDonald's, mientras que al aspirante lo equiparan con Subway, una cadena de bocadillos. Y si Bush fuera IBM, Kerry sería Apple Computer. Estas respuestas de los 1.262 estadounidenses consultados pueden ser una pista rebuscada para los que están preocupados por saber si, después de las elecciones del 2 de noviembre, el mundo sería distinto con el senador Kerry en la Casa Blanca.

El electorado está dividido, lo que indica que los estadounidenses no creen que dé igual Bush que Kerry. Para unos, Kerry es un centrista pragmático y Bush un extremista que ha dividido el país entre quienes lo adoran, convencidos de su liderazgo desde el 11 de septiembre, y quienes lo odian. Para otros, Kerry es un blandengue inseguro que, para colmo, habla francés. Y el resultado, al menos de momento, es que los republicanos, con su campaña negativa, dictan la agenda y llevan ventaja. Uno de los errores de Kerry ha sido no saber evitar que una guerra que terminó hace treinta años, la de Vietnam, en la que su actuación está debatiéndose, haya terminado rivalizando en titulares con la de Iraq, en la que siguen muriendo estadounidenses. El acierto de Bush sería repetir la historia de 1988, cuando su padre destrozó despiadadamente al demócrata Michael Dukakis.

El resto del mundo, si pudiera votar, respaldaría a Kerry, según un sondeo patrocinado por la Universidad de Maryland. Y Europa no quiere ni oír hablar de Bush, a pesar de las dudas que pueda generar Kerry. En Estados Unidos, sin embargo, Bush no ha sufrido daños irreparables, al menos hasta ahora, por las malas noticias procedentes de Iraq, que no va bien. ¿Por qué Bush aguanta todo lo que le echen? La política exterior, que no suele ser un primer plato electoral en Estados Unidos, se presentaba como su flanco electoral débil. Pero estas elecciones serán distintas: serán un referéndum sobre Bush.

La Administración Bush probablemente no ha inventado nada. Ni la doctrina del ataque preventivo, ni la división del mundo en buenos y malos, ni el unilateralismo. Pero Bush ha lanzado un ataque anticipatorio contra el orden mundial basado en las alianzas establecidas por la Administración del demócrata Harry S. Truman después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué cambiaría si ganará Kerry? Richard Hoolbroke, embajador ante la ONU con Bill Clinton y asesor de Kerry, ha dicho que el candidato demócrata “reconstruirá las alianzas con Europa”. Pero Hoolbroke es parte interesada.

Un antiguo diplomático estadounidense citado por Newsweek ve las cosas de otra manera. “Estados Unidos no firmará el protocolo de Kioto, ni el tratado antiminas, ni se unirá al Tribunal Internacional de Justicia; el cambio, si gana Kerry, será más de estilo que de sustancia”, ha declarado. Pero Noam Chomsky, radical de radicales, discrepa. Chomsky argumenta que hay diferencias entre Bush y Kerry, y que cuando se trata de un poder tan inmenso como el de Estados Unidos las diferencias pequeñas se agrandan. El texto siguiente aborda algunas de las claves que pueden explicar si da igual o no que el próximo presidente estadounidense sea Bush o Kerry.

¿Quién hace la política exterior?
La política exterior estadounidense no es un asunto exclusivo del presidente, sino que depende de diversas fuerzas. En Francia, el funcionamiento de las instituciones de la V República no incita al debate sobre la política exterior. El sistema, muy centralizado, gira en torno al presidente de la República. L'expert c'est moi (el experto soy yo), dijo un día François Mitterrand al ser preguntado sobre la opinión de un grupo de expertos a propósito de la posible venta de una central nuclear a Pakistán. En Estados Unidos, el presidente no puede ignorar al Congreso o a las organizaciones de las minorías, a las instituciones empresariales o a los sindicatos, a las iglesias o a las sectas, a las fundaciones o a los lobbies, a las organizaciones humanitarias o a la Asociación de Amigos del Rifle. La cuestión, pues, es saber a qué grupos hace caso el presidente. Es decir, las compañías del presidente decidirán el signo de la agenda. Pero, además de todo esto, la política exterior estadounidense tiene, históricamente, una dimensión mesiánica. “Durante muchas generaciones, la mayoría de los estadounidenses ha creído, y cree, que su sociedad es la mejor de todas las posibles y que el resto del mundo estaría mejor si les imitara”, ha escrito Walter Russell Mead (Power, terror, war, and peace, 2004). Por eso hay un proyecto estadounidense, una visión estratégica de lo que Estados Unidos trata de construir en el mundo. Y en eso Bush y Kerry seguramente no son muy distintos. Henry Kissinger, secretario de Estado de Richard Nixon y realista de tomo y lomo, mantiene que “los estadounidenses se comportan como si el mundo fuera como ellos quisieran que fuera y no como realmente es” (Diplomacia, 1996).

¿Qué es el proyecto estadounidense?
En el siglo XX, cuando el orden internacional británico se desmoronó, los arquitectos de la política exterior estadounidense aguzaron el ingenio. Tenían tres posibles alternativas: apuntalar lo que quedaba del imperio británico; ignorar el problema de un nuevo orden internacional y optar por el unilateralismo, o tomar el relevo de Gran Bretaña. Entre las dos guerras mundiales, los estadounidenses actuaron con las tres alternativas a la vez, y finalmente se quedaron con la última. Pero ¿se trataba de construir un nuevo orden internacional o de conquistar el mundo? El gran proyecto estadounidense tuvo en el siglo XX tres constantes: 1. evitar que surgiera un poder hegemónico rival en Europa, Asia y Oriente Medio; 2. garantizar la libertad de movimientos tanto por mar como por aire, y 3. mantener abierto el mercado global.

Durante la guerra fría, Estados Unidos trató de ejercer su poder como un centro hegemónico liberal, basado en el consenso con los países aliados (convergencia armónica), pero sin renunciar a la construcción de un orden internacional según sus valores. Washington no pretendió siempre imponerse unilateralmente. Por eso las instituciones internacionales estuvieron, como instrumento, en el centro de la estrategia estadounidense durante el siglo XX. De esta manera, para defender más inteligentemente sus intereses, la diplomacia estadounidense compaginó los arrebatos imperiales (actuar sin tener que pedir permiso a nadie) con la convergencia armónica hacia los países aliados.

¿Qué es la convergencia armónica?
Un factor determinante de la hegemonía estadounidense en el siglo XX fue su modelo económico, una combinación de producción masiva y consumo de masas. Este sistema, apoyado en el New Deal, el nuevo pacto social auspiciado por el demócrata Franklin Delano Roosevelt, también es conocido como fordismo, en honor de Henry Ford, el inventor y fabricante de los célebres automóviles Model T. Entonces, el capitalismo sin prácticamente leyes dio paso a un sistema más reglamentado, por el que se aceptó que el gobierno limitara el poder económico del capital. No era el Estado de bienestar como se entiende en Europa, pero tampoco era la jungla anterior. A esta doctrina se la denominó convergencia armónica, idea que fue aplicada a las relaciones internacionales, en las que prometió un mundo con estables instituciones internacionales. El modelo rooseveltiano, sin embargo, comenzó a retroceder en los años ochenta, cuando Ronald Reagan sentó las bases de otro capitalismo basado en el triunfo de la tecnología y el espíritu empresarial. Y este cambio también ha afectado al papel de Estados Unidos en el mundo. En el siglo XX, la política exterior estadounidense, como la economía, fue más cooperativa. Ahora, con Bush, se trataría de deshacer el camino en el plano de las relaciones internacionales, como sucede en la economía.

La competición ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética se libró entre el New Deal y la economía planificada. Entonces, de la misma manera que el idealismo del presidente demócrata Woodrow Wilson inspiró antes la Liga de Naciones, Franklin D. Roosevelt auspició un nuevo orden internacional basado en la ONU y en el imperio de la ley. El excepcionalismo estadounidense parecía, de esta manera, en retirada y la convergencia armónica se convirtió en el gran proyecto. Según el guión, esta convergencia debería acelerarse después de la guerra fría, cuando, una vez desaparecida la URSS, el final de la historia estaría a un tiro de piedra, al menos para Francis Fukuyama, ahora un neoconservador crítico con la guerra de Iraq. Pero el nuevo capitalismo, que Walter Russell Mead denomina “milenarista”, tiene como objetivo reemplazar las instituciones de la denominada convergencia armónica por otro tipo de políticas. “Los estadounidenses son moralistas utópicos que pretenden institucionalizar la virtud, destruir el diablo y eliminar las instituciones y prácticas malignas”, ha escrito Seymour Martin Lipset (American exceptionalism, 1996). Y los neoconservadores, que parecen pensar por Bush, basan su doctrina en el convencimiento de que existe una aspiración universal a la democracia y a la utilización del poder estadounidense para propagar la democracia por todo el mundo.

¿Qué promovió el cambio?
La nueva doctrina estratégica de la Administración Bush no sólo se explica por las propuestas de unos ideólogos. El viejo populismo, impregnado de excepcionalismo e individualismo, se ha convertido en una fuerza política decisiva. Sobre la filosofía del New Deal se ejercen ahora presiones contrapuestas: por una parte, una coalición de grandes empresas y, por otra, el populismo de las clases medias que contemplan el gobierno sólo como un recaudador de impuestos. Este tipo de capitalismo se autodefine como un sistema destinado a proporcionar a los desfavorecidos un mejor acceso al capital y no como un intento, como sucedía con el New Deal, de protegerlos del capitalismo. Bush ha propuesto ahora “una sociedad de propiedad”. Pero los críticos ven algo más: subrayan el intento de cambiar las reglas del juego en nombre de una mayor libertad de acción. John Kenneth Galbraith, entusiasta de Franklin D. Roosevelt y confeso partidario de Kerry, ha denunciado cómo esta nueva economía está dominada por el poder corporativo de las empresas, que pretende disponer del dinero sin rendir cuentas a los accionistas (The economics of innocent fraud: truth for our time, 2004). Un caso paradigmático es el protagonizado por Conrad Black, magnate que controla Hollinger, un consorcio mediático. Black está acusado de haber cometido un desfalco de 400 millones de dólares entre 1997 y 2003, pero se niega a declarar ante la comisión del mercado de valores de Estados Unidos. Entre los beneficiarios de las presuntas irregularidades está el neoconservador Richard Perle, ex asesor del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, e ideólogo de la guerra de Iraq.

¿Qué hicieron Reagan, Bush y Clinton?
La lucha política entre demócratas y republicanos no está planteada inequívocamente entre lo que se podría denominar, para hacer feliz a Rumsfeld, la vieja y la nueva economía. No todos los demócratas pueden ser situados en uno de los bandos. Y tampoco todos los republicanos cojean del mismo pie. Pero Kerry y Bush personifican los dos modelos. El capitalismo más desreglamentado, del que la globalización es una consecuencia, ha avanzado desde los tiempos de Reagan, cuando se decía que los vencedores económicos de la guerra fría eran los perdedores de 1945: Japón y Alemania. Reagan exploró entonces las posibilidades de un nuevo capitalismo. Hoy, las economías reglamentadas de Japón y Alemania resisten mal el empuje del capitalismo flexible. Y los demócratas se han ido deslizando hacia la nueva economía, aunque con la promesa de darle un rostro humano.

En política exterior ha pasado tres cuartos de lo mismo, aunque con alguna salvedad. Reagan representó la ruptura, pero Bush padre rectificó, como demostró en la guerra del Golfo, donde se afanó por lograr un amplio consenso internacional. Y Clinton pudo alejarse del New Deal en términos económicos, pero no tanto en política exterior: la convergencia armónica se puso de manifiesto en la antigua Yugoslavia y en el Consejo de Seguridad de la ONU, aunque también tuvo un tic unilateralista. “Estados Unidos es la nación indispensable”, dijo Clinton en 1997. Pero ha sido Bush hijo quien le ha dado la vuelta a la tortilla desde que el 11 de septiembre sonara como el pistoletazo de salida para poner en práctica nuevas recetas. Para el establishment diplomático, la doctrina estratégica de la Administración Bush fue como si “el hombre de Neanderthal se hubiera escapado de la jaula”. Pero el electorado de Bush aprueba que Washington, una vez desaparecida la Unión Soviética y con la ONU resistiéndose a ser un mero instrumento estadounidense, haya optado sin contemplaciones por el unilateralismo.

¿Quién apoya más a Bush?
Ante las elecciones del 2 de noviembre, no hay otro grupo más importante para Bush que el integrado por evangelistas y cristianos conservadores, cuya fortaleza está en el sur. La minoría hispana, que es la primera y que tradicionalmente vota demócrata, ha aumentado, por lo que los 500.000 votos que Al Gore sacó de ventaja a Bush hace cuatro años ahora podrían aumentar. Sólo un 19% de los judíos, que votan demócrata desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt, se inclinó por Bush. Entre las mujeres, Bush se situó doce puntos por debajo del demócrata. Los jóvenes son ahora los menos entusiastas con la guerra de Iraq. Y entre los mayores de 60 años, Al Gore también le ganó la partida a Bush. Por eso los republicanos, según The Wall Street Journal, han puesto todos los huevos en el cesto de los más fieles: los cristianos conservadores, cuya movilización es la base de su campaña. Hace cuatro años, el 82% de estos cristianos votó por Bush, y sus votos representaron el 14% del total (ahora serían el 19%). Y esta alianza, que tiene poco de santa, influye en el diseño de la política exterior.

La corriente principal del protestantismo que apoyó la tradición idealista del internacionalismo liberal de Woodrow Wilson ha retrocedido ante los fundamentalistas. Y la Iglesia católica, que también apoyó el multilateralismo de Wilson y Roosevelt, atraviesa ahora por una crisis provocada por los escándalos sexuales. Así las cosas, los cristianos conservadores, en alianza con sectores judíos, han modificado la agenda wilsoniana. Los wilsonianos tradicionales creían, y creen, que las instituciones internacionales proporcionan la necesaria legitimidad para que Estados Unidos ejerza su poder. Es decir, rechazan la idea de que una sola nación, por muy iluminada que sea, pueda ser el juez mundial. Los nuevos wilsonianos, neoconservadores muy iluminados, ven el mundo desde el rechazo de las actuales instituciones internacionales.

¿Qué propone Kerry?
Kerry ha sido miembro del comité de asuntos exteriores del Senado durante veinte años, periodo en el que, desde el punto de vista de los neoconservadores, se ha comportado como un liberal del que uno no se puede fiar. Ha apoyado, por ejemplo, la negociación con los sandinistas en Nicaragua, con los comunistas en Vietnam y con los ayatolás en Irán. Mal asunto, pues, según los amigos de Bush. Y cuando fue nombrado candidato demócrata, Kerry dijo: “Como presidente, devolveré a este país a la tradición honorable: Estados Unidos nunca va a la guerra porque quiera; sólo vamos a la guerra porque tenemos que hacerlo”. El senador, heredero de la tradición rooseveltiana, es partidario de la estrategia preventiva y considera que Estados Unidos no puede alcanzar sus objetivos unilateralmente o sólo mediante la fuerza, sino que precisa de la legitimidad que proporcionan los tratados y las organizaciones internacionales. No siempre, sin embargo, ha sabido Kerry expresar atinadamente sus ideas. Uno de sus errores lo cometió el pasado mes de marzo, cuando sugirió públicamente que los dirigentes extranjeros le preferían antes que a Bush. “Hola, John, soy Kim Jong Il (el dictador norcoreano); te llamo para decirte que eres mi candidato”, le contestó Bush entre las risas de su auditorio.

Y después del 2 de noviembre, ¿qué?
Tradicionalmente, la agenda estadounidense ha contemplado a Europa como la gran oportunidad. Pero con Bush el foco estadounidense se ha desviado hacia Oriente Medio y Asia Oriental. Es más: podría decirse que la doctrina Monroe (América para los americanos) se ha extendido también a Europa, como sugiere la división entre la vieja y la nueva Europa hecha por Rumsfeld. ¿Cambiaría esta situación con una victoria de Kerry? Joseph S. Nye, profesor de Harvard, es optimista: anuncia el final de la revolución neoconservadora, tanto si gana Kerry como si lo hace Bush. Kerry, dice Nye, ha prometido regresar a las instituciones internacionales. Y si es Bush el que gana, añade Nye, los errores unilateralistas cometidos en Iraq “sugieren que Bush tendrá que contar con los organismos internacionales”. Esta visión suena a música celestial cuando Europa no tiene motivos para tirar cohetes.

Para Walter Russell Mead, miembro del Council of Foreign Relations, el problema de Bush es que no ha sabido explicarse, como dicen en el PP con respecto a Aznar. Pero Russell es contundente sobre el futuro, gane quien gane el próximo 2 de noviembre. “Cualquiera que piense que este movimiento (el neoconservador) es un fenómeno temporal está leyendo equivocadamente el signo de los tiempos”, ha sentenciado.

Uno de los problemas históricos de la política estadounidense es que los liberales suelen extender un cheque que los populistas no hacen efectivo después. El proyecto estadounidense para el siglo XXI, ante la amenaza del terrorismo y de las armas de destrucción masiva, sigue combinando sus dos visiones del mundo: por una parte, una escena donde debe primar la cooperación entre los aliados (convergencia armónica) y, por otra, un imperio en el que Estados Unidos impone su voluntad. La balanza puede inclinarse de un lado o del otro, como en el siglo XX, según quién sea el inquilino de la Casa Blanca. El problema de Bush no es tanto Kerry como la política de Bush. Por eso, en este referéndum, no da igual Bush que Kerry.

 

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