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Sábado, 12 de junio de 2004
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OPINIÓN
Crítica de LITERATURA
Chang-Rae Lee: Una vida de gestos
por Pedro Galiano
Los gestos cotidianos, la autodisciplina en forma de invariable ritual de costumbres, la búsqueda de la confortable seguridad de la rutina, del manto protector de las apariencias, son las rígidas coordenadas que conforman y dan sentido al día a día de Franklin Hata, un emigrante japonés ya jubilado que, pese a su carácter impermeable, ha logrado granjearse el respeto y admiración de una pequeña ciudad del estado de Nueva York semejante a ‘Pleasentville’ donde la vida transcurre apaciblemente y sin sobresaltos. Hata, el vecino ideal siempre dispuesto a echar una mano, un buen samaritano que acaba de traspasar su modesto pero respetable negocio de toda la vida, empieza a mostrar leves síntomas de que algo chirría detrás de la escenificación que ha ido representando con laboriosa minuciosidad a lo largo de su vida. En apariencia emocionalmente gélido como una gran habitación vacía en la que resuena con languidez las notas de un piano, Hata, por medio de los recuerdos, va perfilando con precisión su esquiva personalidad, desnudando la profunda soledad e íntima frustración que alberga por no haber sabido canalizar su bondad y generosidad naturales para mantener cerca a los seres más queridos. Sunny, su hija adoptiva, con la que nunca logró entablar una relación de genuino cariño y que le abandonó en pos de una vida, si bien más dura, también libre de asfixiantes cortesías, vuelve a aparecer en la vida de un Hata esperanzado en ganarse su afecto. Mary Burns, una atractiva viuda con la que años atrás mantuvo un idilio que frustró por una fatal combinación de torpeza emocional y búsqueda de comodidad, resurge en su pensamiento para recordarle las inconveniencias que le ha acarreado su talante frío y cerebral. Sin embargo no siempre fue así. Cuando el libro retrocede a su juventud, durante la segunda Guerra Mundial, nuestro hombre, habitante de un campamento en el que la atrocidad y la deshumanización eran moneda común, perdió la cabeza por una adolescente esclavizada a entregar su cuerpo al desahogo de la tropa. La marca indeleble de este episodio, tratado con delicadeza por el autor, nos da la clave de su posterior hermetismo.
La novela, que ha tardado cinco años en ser traducida al castellano, destila inteligencia y solidaridad. La sutileza en las descripciones de los personajes, la maestría en la conducción de los diálogos y la elegancia de la prosa, fluida y exenta de artificios, es merecedora de una entusiasta recomendación. Para los que necesitan recuperar el placer por la lectura.
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