Sábado, 12 de junio de 2004

OPINIÓN
Crítica de LITERATURA
Christian Kracht: 1979
por Pedro Galiano

La segunda novela de Christian Kracht, publicada originalmente en alemán hace tres años y ahora traducida al castellano gracias a Alfaguara, es un ejercicio de exhibicionismo nihilista, otra vuelta de tuerca en la corriente de vacío emocional e individualismo a ultranza que profesan autores como Houllebecq o Michka Assayas, por citar dos autores ya tratados en esta misma sección. Un suizo que ha crecido en Estados Unidos, Canadá y el sur de Francia y que reside entre Sri Lanka y Tailandia, a priori reúne las condiciones ideales para poder observar la sociedad occidental desde otra perspectiva, para replanteársela, lo que parece ser que ha hecho por lo que dicen de esta novela. Yo no lo tengo tan claro. Pasar de una existencia de ociosa trivialidad como turista dentro del opulento círculo de los allegados al occidentalizado régimen del Sha de Persia, a penar por inmundos hospitales iraníes para terminar ingiriendo gusanos criados en la basura como única fuente de proteínas en un campo de concentración chino, como le sucede al protagonista, no me parece una forma muy apropiada de reivindicar otras culturas por comparación. En otras palabras, creo que es demasiado simplista ligar la degradación personal del joven decorador de interiores sobre el que pivota la novela a la decadencia del viejo continente, aunque como coartada intelectual de el pego. En mi opinión, Kracht ridiculiza a todo y a todos y parece más preocupado de buscar el noqueo del lector, su perdida de referentes morales o vaciado de contenido de los mismos, que de otra cosa, para lo que utiliza de manera magistral el recurso de la frivolidad más extrema. Describir la muerte de un ser querido como ‘poco chic’, o estar convencido de que se tiene mejor aspecto después de quedarse en los huesos ( adelgazar ‘seriously’) por culpa de las inhumanas privaciones sufridas como preso de un campamento de ‘reeducación’ maoísta (sí, ya sé, una crítica, por medio de la descontextualización, a la anorexia, enfermedad propia del Primer Mundo donde las haya), momentos estelares en las desventuras del patético narrador del libro, pueden hacer tambalear el sentido común de cualquiera que se sumerja desprevenidamente a las páginas de ‘1979’, un libro que, aunque parezca lo contrario, me ha gustado. Conciso en los diálogos y aséptico en las descripciones, muy precisas por otro lado, la novela se lee con una mueca de disgusto pero con placer, masoquista si se quiere. Una cosa más. Desconozco, aunque me las imagine, las preferencias en materia sexual del señor Kracht, asunto que por otro lado me trae sin cuidado, pero encuentro cargante y absurdamente artificial su propensión a ‘gaycizar’ a la mayoría de los secundarios que se asoman a la historia, algo que sólo acierto a explicar como resultado de un involuntario propósito de ‘compensación’ que supongo que desaparecerá por su propio peso cuando la sociedad asuma, de verdad y no sólo de forma políticamente correcta, la normalidad las relaciones entre homosexuales, momento en el que, por cierto, Almodovar no sabrá de qué hablar en sus películas.

 

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