Martes, 11 de mayo de 2004

OPINIÓN
Crítica de MÚSICA
Sufjan Stevens: Seven swans
por Pedro Galiano

Si, como aseguran, la cara es el espejo del alma, el cisne y la granja rural dibujados al carboncillo sobre el fondo de color sepia que envuelve el cedé y la delicada caligrafía usada en los títulos y créditos son una pista fiable para intuir la música que nos aguarda. Sin levantar la voz, quebrándola por momentos, Sufjan Stevens te sumerge poco a poco, sin esfuerzo aparente, en un mundo de paisajes bucólicos de vastos maizales, intimismo religioso y estampas cotidianas. Un remanso de paz y melancolía construido sobre el armazón de una guitarra acústica y un banjo que, sin perder nunca el tono acústico, se dejan arropar por pianos tan minimalistas que rozan lo experimental, órganos agonizantes y pequeños efectos oníricos que hacen de este disco algo especial. Acompañado por la numerosa Danielson Famile, una peculiar formación folk norteamericana, y en especial por Elin y Megan Smith dando un regusto pop al conjunto con sus voces, Stevens se muestra como un cantautor capaz de administrar con sabiduría y naturalidad unas melodías esquemáticas y repetitivas, que no sólo no cansan sino que dan a su segundo trabajo en solitario un aire envolvente y cautivador del que resulta difícil abstraerse. Leyendo, asomado a la ventana mirando a ninguna parte, ocupado en cualquier menester poco absorbente, una atmósfera de vaga y relajante tristeza se va apoderando del oyente, que encuentra así un reparador oasis en el que resguardarse del estrés diario. Un disco bonito y terapéutico.

 

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