 |
Martes, 16 de diciembre de 2003
|
OPINIÓN
Crítica de MÚSICA
James White and The Blacks: Sax Maniac
por Pedro Galiano
Formada por artístas multidisciplinares que, en su mayoría, procedían de otras ciudades o países y que fueron abducidos por el Nueva York de finales de los setenta, principios de los ochenta, la llamada “No Wave” ha pasado a la historia como un ejemplo de radicalismo expresivo. Desde su propia definición nominal, éste movimiento, afincado en el Lower East Side, se convirtió en un aglutinador del enfrentamiento y la ruptura con lo establecido. En el caso de la música, con el rock. Por medio de una música disonante y rítmicamente convulsa, los no-wavers crearon una sonido heterodoxo y original donde la actitud punk se hermanaba con el funk más desquiciado y las percusiones latinas. Uno de los más cualificados representantes de este “no-movimiento” fue James Siegfried, aka James Chance/White, un saxofonista que se valió se una pulida técnica de conservatorio y de las enseñanzas del free-jazzman Ornette Coleman para dar forma a un sonido salvaje y cautivador a la vez de condenadamente sofisticado. Con la fuerza rítmica del funk como energía motriz y la visceralidad del punk como ideario, White grabó su tercer disco de estudio, “Sax Maniac” (1982). Aunque menos contundente que sus predecesores “Buy” y “Off White”, el álbum - cuyo título es una parodia de la canción mas popular de James Brown – sigue siendo un disco extremo y difícil, un original tratado de pulsiones convulsas, atonalidades imposibles y demenciales inflexiones de voz que, bajo una apariencia caótica, crea adicción por su intensidad y obsesiva estructura rítmica. Una música incómoda no apta para oídos pusilánimes.
|  |
|