Miércoles, 2 de marzo de 2005

CULTURA - LITERATURA
Crítica de LIBROS
José Antonio Marina: La inteligencia fracasada
por Pedro Galiano

Autor/es: José Antonio Marina
Título: ‘La inteligencia fracasada’
Editorial: Anagrama
174 páginas, 14 euros
De unos años a esta parte, ha surgido una nueva corriente de la psicología que se centra en la búsqueda de la felicidad. Autores como Martin Seligman nos dicen que, pese a que el 50 % de la capacidad para alcanzar la dicha se hereda de nuestros padres, podemos mejorar nuestra forma de disfrutar de la vida. Una búsqueda que no sólo está condicionada por las circunstancias particulares de cada persona, sino por las que le rodean, por la organización política, económica y por los sistemas de valores y creencias de una sociedad. Hasta aquí, Perogrullo dixit. José Antonio Marina podría pasar por un representante de este enfoque estudioso al asegurar que “la finalidad de la inteligencia no es el conocimiento, sino la felicidad”. La novedad del trabajo de Marina reside en que, basándose en la premisa anterior, no ha teorizado sobre la felicidad ni ha escrito un manual de autoayuda de esos que enseñan a ser ‘inteligentes emocionalmente’, en muchos casos verdaderos tratados de arrivismo y manipulación del prójimo (filosofía de la mayoría de las revistas ‘para mujeres’), sino que se ha centrado en el análisis de su antagonista, la estupidez, acuñando para la ocasión el término ‘inteligencia fracasada’. Para ello diferencia entre dos tipos de inteligencias, la computacional (la genética, la que se mide tradicionalmente en los test) y la ejecutiva (la que decide como utilizar este potencial), división, por cierto, muy tranquilizadora para los que no somos precisamente unos superdotados. Por tanto, una inteligencia no fracasa cuando el equipamiento ‘de serie’ es defectuoso (enfermedades mentales, minusvalías psíquicas, coeficientes mediocres o bajos), lo que llama ‘inteligencias dañadas’, sino cuando se hace un mal uso de las cartas con las que nos ha tocado jugar. Aquí entrarían diferentes tipos de fracasos: afectivos, cognitivos, de lenguaje y de voluntad (página 32). Para entenderlo se sirve del ‘Principio de jerarquía de los marcos’ explicándonos que “la inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección de marco. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad”. Aunque no nos sirva de demasiado consuelo, podría colegirse que comportamientos egoístas pueden dar una satisfacción inmediata a muchos capullos y a la vez ser su fuente de infelicidad postrera. Cuestión de prioridades, vaya. Y si los sujetos particulares pueden ser estúpidos (adjetivo que utiliza como sinónimo de malvado), las sociedades también. Las cruzadas, la yihad y el nazismo serían perfectos ejemplos. Sirviéndose de citas literarias e históricas, lo que deja claro la erudición del ensayista, ‘La inteligencia fracasada’ es una lectura estimulante y optimista.

 

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