Domingo, 6 de junio de 2004

COLABORACIONES
La calidad de atención
por JOSÉ REPISO MOYANO*

La calidad de atención del niño no depende del exceso de atención que sobre él siguen los padres y la sociedad, sino de lo que se le ha enseñado -bajo unos valores o no- y de lo que se le ha permitido -de lo que se le ha consentido-.

Si se le ha permitido todo, y no una fidelidad hacia algo concreto, lo expresará así con prepotencia en adelante orientándose a repetir eso que le causó más placer o más satisfacción al mínimo esfuerzo; porque es lo importante para él, y lo demás perfectamente puede ningunearlo o le sugiere un "enemigo" si... una puerta abierta que ya tiene abierta como propia se le es cerrada.

Esto es, mientras que el adulto experimenta de los hábitos -con un carácter determinado- el niño evoluciona -se desarrolla- a través de ellos para funcionar -por el tiempo que sea- sin aún una escala de valores, sin aún una conciencia de lo que es útil o no con respecto a una familia o con respecto a una sociedad.

La violencia puede surgir, porque todo ser vivo es violento por naturaleza, en defensa "ciega" o primaria de su habituación; puesto que, una vez ya escapado de las reglas que lo encaminarían a un respeto o le inhibirían ciertas acciones, se instala en una autonomía "a su manera", libertina, fantástica y maniqueísta. Nadie mejor que un niño para crear esos grupos que se sustentan por medio de lazos de hiperemotividad o por emociones que desenfrenadamente se corresponden. Así, el que está fuera de su grupo lo ve como un extraño o como alguien al cual no puede -por falta de maduración- comprender correctamente, asimilarlo en toda su extensión humana.

El niño, en consecuencia, se identifica con lo que ha aprendido: a obedecer o no ciertas reglas, a justificar decisiones porque ya las tomó anteriormente sin restricciones de nadie. En esto, es un imitador de sus impulsos, un "tirano" para imponer sus hábitos, aún a pesar de que le comporte cualquier tensión psicológica o le derive a una irrealidad sin salida -a creerse sus propias mentiras-.

Por ello, existe una necesidad extrema por impugnarle, por rebatirle "el todo vale" o, bien, por localizar sus excesos y mediárselos luego con unas nociones de responsabilidad; en beneficio de que, así, se le inculca otro modo de percibir lo que hace con respecto al daño que directamente causa, de que se autocontrole y de que valore el esfuerzo que supone también ese autocontrol.


*José Repiso Moyano es escritor.

 

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